domingo, 29 de diciembre de 2019

CLARK GABLE Y JOSEPHINE DILLON: "EL EFECTO PIGMALIÓN"


El Efecto Pigmalión, aplicado a CLARK GABLE por JOSEPHINE DILLON,
fue la clave que convirtió a un aprendiz de actor en una estrella. 
Gable poseía, además, ese algo indefinible, innato, que tienen determinadas  
personas, que las hace destacar... y perdurar con el paso de los años 
sin perder el apoyo del público, con independencia de su edad o sexo
Para que un diamante cinematográfico en bruto –CLARK GABLE (1901-1960)– se convirtiera en una verdadera joya fue preciso que una experta talladora y pulidora –JOSEPHINE DILLON– empleara su sensibilidad, talento, habilidad y paciencia para que aflorasen las múltiples cualidades de la pieza y, posteriormente, alguien como RIA FRANKLIN (Rhea Langham), diera el toque de distinción final  y le propinara el impulso casi definitivo. "Casi", porque Carole Lombard, su tercera esposa, le dió algo que nadie había conseguido: felicidad y alegría de vivir.

JOSEPHINE DILLON (1884-1971), estudió interpretación en Estados Unidos y Europa, fue actriz y vió claro que las enseñanzas recibidas eran inadecuadas para determinadas personas y cómo algunas abandonaban los estudios convencidas de que no reunían condiciones. No se sentía satisfecha como actriz y ya pensaba en dedicarse a la enseñanza porque estaba convencida de que aplicando sus ideas las hubiero hecho progresar, sin renunciar a lo que era su gran ilusión. Así, en 1924, abandonó la interpretación y montó su propia escuela de interpretación, "The Dillon Stock Company". Años más tarde, en 1940 escribió "The modern actig" y fue profesora de interpretación en el "Christian College".
Los comienzos, todavía sin acreditación: 1925, 
con Gilbert Roland en The plastic age


Excelente educadora, con paciencia, tacto, sentido común y rigor, supo formar a Gable y conseguir, sin prisas pero con constancia, que aprendiera cuanto necesitaba pero, también, sin permitir que quedara oculto lo que estaba en condiciones de dar, pero que la falta de confianza de Gable en sus posibilidades impedía que aflorase. Vió bastante más que sus orejas, su dentadura o una voz demasiado aguda, una dicción incorrecta, sus movimientos algo amanerados al actuar, gesticulando en exceso: todo eso era mejorable y sabía que él tenía condiciones para conseguirlo. Un trabajo complicado y meritorio que iba bastante más lejos de la dicción y la interpretación, pues abarcaba al físico, la alimentación, el vestuario o cualquier aspecto que estuviera relacionado con su salud y su profesión.  

Por otra parte, Dillon vió con claridad que el Cine Mudo tenía los días contados y fomentó que interviniera en obras teatrales -cogiera "tablas", es decir, soltura en los movimientos, "saber estar" cuando no se interviene directamente-, y le fue preparando para hacer sin ningún problema el tránsito del Cine Mudo al Cine Sonoro.

Aquello de que, "el que sabe, sabe, y el que no, a dar clases"
no pasa de ser una de esas frases "ingeniosas" destinadas a 
menospreciar la labor de determinadas personas: las que habiendo hecho una 
carrera, practicado un deporte, trabajado en un oficio o ejercida una profesión, 
se dedican a la enseñanza de aquello para lo que no se prepararon porque 
no sabían que su verdadera vocación era enseñar a otros

Así, pues, no hubo, pues, una productora empeñada en formar y dar a conocer a una futura estrella; o un equipo de publicistas expertos en fabricar un historial y allanar el camino de una posible estrella, ni siquiera, personas cualificadas dentro de la industria que creyeran en Gable cuando era un actor de pequeños papeles e incluso cuando ya empezaba a destacar. De hecho, MGM tardó años en aceptar su verdadero valor y tuvo que ser Columbia -en uno de los frecuentes préstamos entre Estudios- quien le convirtiera en una estrella y ganar el único Oscar de su carrera al protagonizar It happened one night (Sucedió una noche), Frank Capra, 1934. 

Clark Gable siempre agradeció cuanto había hecho por él. En el libro mencionado, Modern acting, Dillon explicaba todos los detalles del riguroso entrenamiento al que sometió al actor durante seis años, del que se sentía lógicamente orgullosa. La relación entre ambos siempre fue de afecto y respeto, incluso después de separarse, y el actor la ayudó en momentos de dificultad y la incluyó en su testamento. Estuvieron casados entre 1924 y 1930.

El Efecto Pigmalion visto por sus protagonistas


MARÍA (RIA) FRANKLIN (1884-1966), la segunda esposa, (1931-1939, separados en  1935), se encontró la mayor parte del trabajo hecho, de forma que su labor fue el de completar la tarea de su antecesora, pulir detalles y ayudarle a situarse en otro nivel social, del que también ella se benefició socialmente, dicho sea de paso, puesto que el actor ya destacaba en su profesión. Ria, que heredó una gran fortuna de su segundo marido (1916-1922), estaba enamorada de Gable e intrigó para relacionarse con él. No pretendió alterar el trabajo hecho por su antecesora, ni influir en las decisiones profesionales del actor, así que se limitó a aportar aquello que podía suponer una mejoría; aunque la separación en 1935 y el divorcio en 1939 fueron en contra de sus deseos.
Con Ria Franklin, ampliando horizontes más allá del trabajo

Luego, el propio actor, con su manera de ser, sentido común y evidente carisma, consiguió que todo el esfuerzo hecho por su “pigmaliona”, lo convirtiera con el paso de los años y sin pretenderlo, en la mayor estrella del firmamento cinematográfico, hasta el extremo de recibir el título honorífico de Rey de Hollywood. Lo cual no significa que fuera durante muchos años el actor más taquillero -de hecho, pocas veces lo fue-, pero si estaba entre los de mayor seguimiento y un valor seguro en cualquier momento de su carrera.
Los años pasan, el aspecto físico cambia, pero el carisma permanece inalterable
Su tercera esposa, CAROLE LOMBARD, no estuvo entre las profesoras, pero su manera de ser culminó la tarea de sus antecesoras, de forma casi inconsciente y sin ningún afán didáctico, pero le hizo muy feliz y juntos alcanzaron ese nivel de complicidad y cariño que se reflejaba en cada una de las fotos que les hicieron, fueran de pose o casuales. 

Pero esa es otra historia que expliqué hace unos años en otra entrada de este mismo blog: 
"Clark Gable & Carole Lombard: juntos, todavía mejor", que se mantiene en 2ª posición en la lista de entradas más seguidas, cada vez más cerca del 1º.  

BREVE GALERÍA DEL "EFECTO"










miércoles, 11 de diciembre de 2019

MARLENE DIETRICH & JOAN CRAWFORD

vistas por un niño 

Marlene Dietrich (Berlín, 27 Diciembre 1901- París, 6 Mayo 1992). 
Foto: Phillip Harrington, 1952
Joan Crawford (San Antonio, Texas, 23 Marzo 1904 - New York, 10 Mayo 1977)
De niño o de adolescente, ver en la pantalla de un cine a determinadas actrices, cuando ya tenían una edad parecida a la de mi madre, me llevó a clasificarlas como mamás. Ayudaba a la impresión que, generalmente, esas mamás interpretaban personajes inferiores en edad a la suya, algo muy habitual en el teatro, capaz de facilitar que una actriz con más de cincuenta años hiciera de Margarita Gautier, Salomé o Juana de Arco. Sin embargo, en el cine, la cámara suponía un testigo implacable en primeros y medios planos y no permitía ciertos despropósitos. Los maquillajes, la iluminación, los filtros y una cámara sabiamente dirigida, podían disimular pero no ocultar su verdadera edad, aunque la paliaran en cierta medida. No obstante, la magia del cine y unos espectadores mayoritariamente benévolos –y en muchos casos admiradores incondicionales de la actriz–, ponían lo necesario para que el engaño quedara minimizado.

Marlene Dietrich y Joan Crawford son dos buenos ejemplos para explicar el caso de una actriz entre los cincuenta y los sesenta años de edad, que pretendían aparentar bastante menos edad de la que tenían, pero que a mis ojos aparecían incluso con más edad de la verdadera porque los maquillajes, exagerados y poco adecuados –aunque típicos de la época–, contribuían a endurecer sus rasgos y  envejecerlas, provocando el efecto contrario al deseado.

Para aclarar lo que pretendo expresar debo añadir que supe de ambas actrices por primera vez cuando tenía ocho o nueve años y ellas pasaban ya de los 50, aunque es probable que en algunas las revistas que compraba mi madre, durante la década de los 40s -Primer Plano, Fotos y otras-, ya las viera aunque sin reparar en ellas, aunque estuvieran alrededor de los 40 años, porque me atraían las estrellas mucho más jóvenes y de aspecto angelical...



Así, pues, no tenía idea de cómo habían sido antes, como si Dietrich y Crawford no hubieran sido nunca jóvenes y siempre hubieran sido  mayores. Ambas seguían en activo:  Dietrich simultaneaba el cine con su carrera como cantante, mientras Crawford la alternaba con los negocios. Seguían ocupando un lugar destacado dentro de su profesión y mantenían una intensa actividad social destacada en todos los medios informativos, interviniendo en diversas campañas publicitarias.

Un nuevo punto de vista
Pero hubo algo que modificó la impresión inicial y me hizo comprender que Marlene Dietrich y Joan Crawford también habían sido jóvenes y muy lejos de tener apariencia de mamás: Las fotos de mi familia, que de vez en cuando sacaba mi madre de la caja en la que estaban guardadas, las veíamos generalmente en días sin colegio y que, por las causas que fueran, se prestaban a quedarse en casa. No salir solos o con amigos era bastante lógico en mi hermana Rosario y en mí, por cuestiones de edad, pero en mi hermano Juan –seis años mayor que yo–, eran menos frecuentes.

Las de mi madre permitían ver la transformación de una niña casi recién nacida, desde el día de su bautizo, a madre de tres hijos, el mayor de los cuales ya tenía quince años, pasando por su niñez, adolescencia y madurez. Una serie de fotos hechas por fotógrafos profesionales o por familiares y amigos con sus propias cámaras. En bastantes de ellas estaban mis bisabuelos y abuelos maternos -en fotos de finales del último tercio del Siglo XIX y primeras décadas del XX-, sus amigos, compañeros de trabajo, mis padres y, principalmente mi madre, María y sus hermanos: Ángel, Paquita y Rafael. Todos ellos eran la prueba palpable de la evolución de las personas conforme pasan los años –y la mejor manera de hacerme comprender sin que nadie me lo explicara– que también ellos habían sido muy jóvenes antes de convertirse en las personas que conocía.

Y entre esas fotos, las que le hicieron a mi madre fotógrafos de calle en los durísimos años de la Guerra Civil en Barcelona, sola o con mi hermano Juan, nacido el 18 de Julio de 1936, el día del brutal Golpe de Estado. Luego, ya terminada la guerra, con Juan y Rosario –nacida en Octubre de 1938– y conmigo, a partir de 1942, hechas en casa por un fotógrafo o cuando salíamos a pasear por las cercanas Avenida Diagonal y Paseo de Gracia, en las que solían trabajar fotógrafos de calle que trataban de ganarse la vida en tiempos muy difíciles. Y en cualquiera de las fotos, la evolución de la belleza de mi madre –cuatro años más joven que Marlene Dietrich y unos meses menor que Joan Crawford–, rubia, elegante, dentro de las limitadas posibilidades económicas de la famila, y muy atractiva, aparentando hasta sus últimos años menos edad de la que tenía.
Marlene Dietrich
Joan Crawford
Esas fotos me hicieron cambiar mi punto de vista y comprender que Marlene Dietrich y Joan Crawford, rondando los cincuenta años de edad, podían parecer unas mamás que luchaban por parecer más jóvenes, pero habían encandilado a muchas generaciones de espectadores, como posteriormente lo harían Esther Williams, Kim Novak, Grace Kelly, Doris Day y Audrey Hepburn a los de mi propia generación. O Jane Fonda, Diane Keaton, Meryl Streep, Julia Roberts, Sandra Bullock, Penélope Cruz, Jennifer Garner o Ann Hathaway en décadas posteriores, aunque en ambos recordatorios faltan actrices cuyo nombre no me viene a la memoria en el momento de hacer este trabajo.

Pasados los años, viendo fotos antiguas en revistas de cine o magacines, libros  y por primera vez las películas de su época de plenitud. Más tarde, Internet, con su inmenso caudal de imágenes y documentos, supuso el acceso a una información hasta entoces inaccesible. Así, tuve la oportunidad de comprobar cómo habían sido y tener la confirmación gráfica de que–cuando las vi por vez primera– aquellas actrices estaban en una más de las diversas etapas de su extraordinaria trayectoria profesional, habían vivido varias anteriores y todavía les quedaban otras por vivir.


Inciso necesario:
En otro orden de cosas, añado algo que me parece interesante resaltar:

Las circunstancias en que llegaban las películas a las pantallas españolas en esa época –segunda mitad de los 40s y primera de los 50s– eran excepcionales. Muy diferentes no sólo a las actuales, sino, incluso, a la que se produjeron a partir de 1953 o 1954, cuando se empezó a producir el deshielo entre las potencias aliadas durante la SGM y la Dictadura Franquista, con el progresivo desbloqueo de la situación económica y política. Política exterior, por supuesto, que no la interior, inamovible; anclada en un pasado nefasto, fuera en lo político, lo social o cultural. Cinematográficamente hablando, una situación atípica, desconocida hasta entonces y que no se ha vuelto a repetir, de forma que para los nacidos posteriormente a dicha época es difícil de comprender en su magnitud y detalles, grandes o pequeños, por mucho que hayan leído o investigado en fuentes fiables. Durante los años de Guerra Civil en España, la Segunda Guerra Mundial y el Bloqueo impuesto a España por las potencias ganadoras de la guerra, muchas películas llegaron tarde, en malas condiciones o no llegaron nunca. Tuvieron que pasar muchos años para que se vieran por primera vez en España en circuitos de arte y ensayo o en televisión. Muchas, jamás llegaron a estrenarse porque se consideró que ya carecían de interés, fuera éste económico o artístico.

Volviendo al principio:
Rancho Notorius (Encubridora) y Johnny Guitar, películas protagonizadas por Marlene Dietrich y Joan Crawford en la primera mitad de los 1950s, las mostraban a mis ojos como unas mamás, aunque Marlene Dietrich fuera –decían– la abuela más seductora del mundo y sus piernas estuvieran aseguradas en un millón de dólares. Y Joan Crawford fuese el prototipo viviente de la superestrella hecha a sí misma, capaz de vencer cualquier reto interpretativo que se le pusiera por delante. Con todo, debo puntualizar que desde mi punto de vista -ya en la adolescencia-, me era imposible verlas como a otras actrices de su edad: debo puntualizar, sin embargo, que no se parecían a ninguna otra y respecto a ellas mi espíritu crítico quedaba muy amortiguado. Aunque entonces no sabía casi nada de su vida y milagros, tenía la impresión de que eran de ese tipo de personas que estaban en un nivel superior y no cabía pensar, respecto a algunas de las películas en las que intervinieron posteriormente, aquello de: “¿Pero cómo pueden haber aceptado este papel?” La respuesta era rápida: si lo habían hecho, tenían sus motivos, como cualquier otra persona.



Sobre Marlene Dietrich
Aunque fuera durante la primera mitad de los 20s cuando empezó a destacar, su gran época comenzó a finales de dicha década –posiblemente en Berlín, en una fiesta en la que conoció a Josef von Sternberg–, llegando al máximo durante los 30s y mantenida a un buen nivel en los 40s. Durante los 50s su actividad como actriz fue disminuyendo, aunque fuera requerida para producciones muy apreciables. Paulatinamente, dicho descenso de su trabajo como actriz fue compensado con su actividad como cantante, con recitales en teatros, salas de conciertos o clubs, apariciones en televisión e interpretaciones aisladas en determinadas películas, hasta prácticamente el final de los 60s. Durante la década siguiente su actividad decreció notablemente hasta su retirada definitiva.


Der blaue engel, Josef von Sternberg, 1930




Entre el compositor Burt Bacharach y el modisto Ives Saint Laurent

Con Louis Armstrong

Con el actor francés Jean Gabin, compañero sentimental durante varios años

Sobre Joan Crawford
En mi opinión, es el mejor ejemplo de estrella de cine que se puede dar. Ninguna actriz, como ella, se propuso serlo desde muy joven y aceptando de buen grado todos los sacrificios que supusiera el intentarlo, conseguirlo y mantenerlo hasta una edad muy avanzada. En cualquier circunstancia y frente a cualquier obstáculo, sin que el paso de los años y el envejecimiento la cohibiera coartara lo más mínimo su capacidad de mostrarse tal como era. Con disciplina férrea, voluntad para aprender todo lo que fuera necesario, superación de sus propias limitaciones y capacidad de trabajo y de sufr imiento que trató de inculcar en sus propios hijos -adoptados-, que por lo que se pudo ver posteriormenteno estuvieron muy de acuerdo en seguir su ejemplo. Durante los 60s y hasta su fallecimiento formó parte del Consejo Directivo de la compañía Pepsi Cola y escribió dos libros autobiográficos.




1933, con Fred Astaire, compañero en Dancing lady

1959, viendo los planos del nuevo edificio de Pepsi Cola