domingo, 24 de mayo de 2015

SUBIÉNDOSE EN MARCHA

JOHN M. STAHL



Sucede con frecuencia: se escribe sobre un determinado tema, después de reconstruir y ordenar lo que la memoria proporciona, recopilar lo que se tiene en libros y documentos diversos e investigar -obligatoriamente- sobre aquello que no se conoce lo suficiente o incluso se desconoce pero se sabe que es importante para el trabajo en cuestión. 

Pero durante el proceso surgen nuevos aspectos e intervienen otros personajes ligados, más o menos directamente, sobre aquello de lo que se escribe. También, por ejemplo, alguien menciona un nombre -en un escrito, en una conversación o navegando por la red- que liga lo recien aparecido con lo previsto. 

Entonces surge el dilema: ¿se prescinde de lo nuevo o se incorpora a lo que se tiene en marcha?

Si se prescinde, y se deja como parte principal de un nuevo trabajo que se hará más adelante, se tiene la impresión de que el trabajo en marcha va a quedar algo "cojo", con ciertos aspectos poco explicados y que si se añadiera lo encontrado ayudaría a una mejor comprensión. Si, por el contrario, se incluye, puede ocurrir que el tema inicial previsto quede algo difuminado; sin olvidar el retraso que va a suponer.

¿Qué hacer?

El tema principal, explicado en mi anterior entrada, "En marcha", era la relación entre el director de cine, Douglas Sirk y tres intérpretes, Rock Hudson, Dorothy Malone y Robert Stack, sobre cuyas carreras el director influyó de forma decisiva. La persona que se ha subido en marcha al tren que conduce a lo previsto es John M. Stahl y el hecho determinante para la relación, que las películas de Douglas Sirk en las que los tres intérpretes citados actuaron simultáneamente fueron,  "Written on the wind" ("Escrito sobre el viento"), 1956 y "The tarnished Angels", 1957: dos melodramas


Abajo, a la izquierda, el nombre del director, Douglas Sirk,
(es aconsejable usar una lupa para leerlo)

A Sirk se le recuerda precisamente por sus melodramas, aunque su carrera fue variada y con notables realizaciones, poco reconocidas generalmente. Aunque las dos películas que acabo de citar no fueron versiones de dos películas de Stahl, sí lo fueron otros dos melodramas: "Magnificent obssesion", 1954 (la de Stahl, 1935) e "Imitation of life" ("Imitación a la vida"), 1959 (la de Stahl, 1934), no previstos en el trabajo inicial. 

Es decir, la relación no viene a través de lo previsto, sino de lo imprevisto, pero que considero digno de tenerse en cuenta.

Sin embargo, ¿para qué nos vamos a engañar?, la pregunta, "¿Qué hacer?", en mi caso, tiene una respuesta inmediata. Por muchas vueltas que le dé -que seguro que se las daré-, incluiré todo el material en el mismo trabajo si considero que debe ser así: no se puede desligar a personas y obras cuando están tan relacionadas entre sí, porque una cosa lleva a otra. Otra cuestión es que la relación sea más un inconveniente que una ayuda y, además, merezca un trabajo individualizado. 

Esto explica con bastante exactitud porqué lo que escribo sobre Cine escapa de biografías o estudios más o menos concienzudos e incluso añada, de mis propios recuerdos, lo que considere que se presta a ello.  

¿Por qué los propios recuerdos?
Por la relación que se establece -real o etérea- entre los cineastas, sus obras y aconteceres con quienes, como espectadores, nos hemos visto involucrados con ellos en diferentes épocas. Esas películas que vemos -y libros, periódicos o revistas que leemos-, están indisolublemente unidos a los propios recuerdos personales. Y estoy convencido de que la relación que hago entre ellos y yo -a través de mis opiniones-, las hacen otras personas, cada una a su manera, y a las que lo que escribo conduce a sus propias vivencias.

Ni que decir tiene que no considero mi manera de desarrollar los trabajos, mejor o peor que cualquier otra manera de hacerlo. Simplemente es la mía, la que me sale de una manera natural. Siempre ha sido así: los árboles no me impiden ver el bosque. 

Cuando ya algo mayorcito (durante los años años 60s y 70s), me apuntaba a cursos de cine y asistía a coloquios e intervenía en la ronda de preguntas, las mías generalmente no le gustaban al moderador o presentador, que me miraba como si fuera un leproso y me contestaba como si se dirigiera al tonto del pueblo, mientras recibía miradas de menosprecio por parte de algunos asistentes, tan fundamentalistas como el moderador. Yo también era consciente de la importancia de David W. Griffith, de Orson Welles o del Cine Europeo (el Cine Japonés ni lo citaban), pero de ahí a mitificarlos y considerarlos víctimas de injusticias mediaba un abismo. Como es de suponer, pronto dejé de preguntar y de asistir a tales coloquios que, salvando las distancias, eran como las tertulias políticas o futbolísticas: de café, bar o vestuario. 

Como me dijo una amiga antes de terminar su relación conmigo y darme puerta: "yo estoy en una onda y tú en otra". Y se quedó tan pancha. Aunque lo cierto es que tenía más razón que un santo; así que lo asumí, me quedé en mi onda y ese mismo día me fui a jugar a tenis. Ellos estaban en una onda y yo en otra...

Conclusión: 
A pesar de todo lo que escriba sobre Sirk, Stahl, Malone, Hudson y Stark y las relaciones que pueda establecer, no creo que haga que se le revuelvan los huesos en la tumba a ninguno de los cinco citados.