jueves, 27 de noviembre de 2014

"Rumbo a California", Segunda Parte


CAPÍTULO 2
LOS SEPULTUREROS DE LA PAZ:
Arthur Neville CHAMBERLAIN, Edouard DALADIER
Adolf HITLER, Benito MUSSOLINI
Guest Star: Su Excelencia EL GENERALÍSIMO
 
Con la foto de los cuatro firmantes del Pacto de Múnich en 1938, propiedad de Corbis Images,
y un cartel del pintor Antonio Cañavate, de 1937, un encargo de la Junta de Defensa de Madrid, 
confeccioné hace tres años un montaje para uno de los capítulos del libro, “Un Hollywood muy personal”.
Son Neville Chamberlain, Edouard Daladier, Adolf Hitler y Benito Mussolini 
y presidiendo el solemne acto,  El Generalísimo, que tenía la confirmación definitiva 
de que la caída de la II República era cuestión de meses.

E
l período 1936-1938 debió haber abierto los ojos a los responsables políticos europeos, principalmente a los de Inglaterra y Francia, sobre las verdaderas intenciones de Adolf Hitler, pero no fue así. El Pacto de No Intervención en la Guerra Civil Española, firmado por 27 estados europeos en Agosto de 1936 y roto por Alemania, Italia y Portugal inmediatamente, fue una prueba contundente de hasta qué extremo estaban equivocados en sus cálculos: Hitler, Mussolini y Salazar continuaron ordenando el envío de material de guerra y provisiones; con una entrada indirecta en el conflicto por parte de alemanes e italianos, pero decisiva para inclinar la balanza del lado franquista.

Para la Luftwaffe supuso un entrenamiento real de lo que estaba planificado para un futuro inmediato contra otros países,  pero ya de manera directa.  Respecto al Ejército Italiano fue la constatación para quienes los tenían como aliados que suponían un verdadero lastre.

Mientras, Inglaterra y Francia cumplían el Pacto, negando su ayuda a la República Española, que en Octubre de 1936 se vio forzada a pedir ayuda a la URSS para no verse abocada a una derrota inminente. La URSS era una aliada interesada y mezquina que utilizó a la República de acuerdo con los cambiantes intereses y paranoias de su líder, Iósif Stalin. “Purga” va, “purga” viene, Stalin eliminaba a cualquier dirigente, colaborador o amigo que sospechara que podía convertirse en una amenaza para él, colaborando en el caos de la zona republicana y convirtiéndose en determinados momentos en un aliado inesperado del bando franquista.

Dos años más tarde, en Septiembre de 1938, el vergonzoso Pacto de Múnich dejó bien claro, excepto a los particularmente ciegos ante la realidad -firmantes del Pacto en especial- que se trataba de un documento inútil, que parte de los comprometidos en él no tenían la más mínima intención de cumplir, como en 1936. A Adolf Hitler le sirvió para confirmar que Chamberlain y Daladier se habían rendido a sus exigencias antes de lo previsto. Ambos “estadistas” estaban dispuestos a sacrificar a otros países y condenar a millones de personas a la desolación o incluso a la muerte para proteger los suyos y evitar la guerra. Un esfuerzo estúpido y patético condenado al fracaso en cuestión de meses.
World Leaders Meeting at Munich
Esta es la foto original en la que aparecen los cuatro sepultureros, Chamberlain, Daladier, Hitler y Mussolini y el Conde Ciano, que está a la izquierda de su suegro, el Duce. Detrás, los respectivos ministros de Exteriores, excepto... el de Italia, Conde Ciano. En realidad no le correspondía estar allí, pero, es comprensible que estuviera: era el yerno de Mussolini y el Duce debió empeñarse en que apareciera en primera fila. Es probable que Hitler no tuviera inconveniente y Chamberlain y Daladier, después de lo que ya habían tenido que "tragar", tampoco iban a ponerse estrictos con el protocolo, aliviados como estaban  por no ceder todavía más,

Se debe hacer constar que apoyando el intento, firmando lo que fuera y sacrificando a quien hiciera falta, no estaban solos: era lo que deseaba la inmensa mayoría de los ciudadanos de sus respectivos países, que tenían muy cercana la tragedia de la Primera Guerra Mundial y en modo alguno querían verse abocados a una repetición de semejante infierno.

Pero ese no era el camino; unos y otros se equivocaban. Que no advirtieran el error los ciudadanos es razonable, pero que profesionales muy cualificados de la política, con una notable inteligencia y muchos años de experiencia, no comprendieran que su permisividad les abocaba  de forma irremisible a lo que pretendían evitar, es imperdonable.

Sin embargo, la claudicación de las democracias hizo creer a Hitler que podía sobrepasar cualquier límite y que sus rivales estaban aniquilados. Chamberlain y Daladier se fueron  de Munich humillados y con el rabo entre las piernas, aunque a la llegada a sus respectivos países se vanagloriaran de haber alejado definitivamente el fantasma de la guerra.  Dispuestos a seguir transigiendo, sin duda –y los siguientes movimientos de Hitler lo prueban-, pero no iban a aceptar cualquier imposición: la invasión de Polonia fue el límite hasta el que estaban dispuestos a llegar sin tomar medidas.

Lo que Hitler no fue capaz de tener en cuenta es que una vez  que dieran el paso que no querían dar, declarar  la guerra, no habría vuelta atrás, ni negociación posible bajo ningún tipo de condiciones. Llegarían hasta conseguir la aniquilación del adversario.

Si durante el período 1933-1938, el número de exiliados había ido creciendo de forma notable, a partir del Anschluss (anexión de Austria por parte del Tercer Reich) y el Pacto de Múnich, la salida fue masiva. Por otra parte estaba cada vez más claro que ningún país de Europa era seguro, ni siquiera Inglaterra, y que el destino más recomendable era Estados Unidos, aunque hubiera refugiados que prefiriesen otros países, como el escritor Stefan Zweig, que después de abandonar Inglaterra estuvo unos meses en Nueva York, hasta que decidió instalarse en Brasil con su última esposa. Allí tomaría la fatal decisión de acabar con su vida el 22 de Febrero de 1942. La lucidez que le permitió ser de los primeros en advertir la amenaza nazi, le faltó para comprender que Alemania ya no estaba en condiciones de ganar la guerra.

Stefan Sweig con su esposa Lotte
 Joseph Otto Mandel, "Joe May" fue uno de los primeros cineastas llegado a Hollywood como exiliado y no como emigrante.


Joe May (Joseph Otto Mandel) es ejemplo representativo de la primera oleada de cineastas exiliados a Hollywood. "Music in the Air". Resulta difícil ver su nombre en el Cartel de la película...





"Music in the Air" debía relanzar la carrera de Gloria Swanson pero no fue así. Se trasladó a New York y fundó la compañía "Multiprizes", dedicada a rescatar a científicos e inventores judíos del nazismo, llevarlos a USA y financiar sus proyectos. Esporádicamente intervino en alguna película.
El Capítulo 3 estará dedicado a los exiliados que se dirigieron a California y, más concretamente, a Hollywood.

martes, 25 de noviembre de 2014

RUMBO A CALIFORNIA



THE FAR WEST: 
EXILIADOS EUROPEOS EN HOLLYWOOD



PRÓLOGO
Empiezo con un repaso a la Historia, nada exhaustivo, que tiene como objetivo introducir en el tema principal, los exiliados que trabajaron en California y, en particular, en Hollywood. Quienes deseen una información mayor sobre el tema pueden encontrarla en numerosos libros publicados, algunos excelentes.
Como es habitual en este blog, cuanto aparece está escrito a través de un punto de vista muy personal.
He distribuido el trabajo en capítulos, que iré publicando de forma sucesiva.
1. Los antecedentes.
2. Los sepultureros de la Paz.
3. Rumbo a California
4. Casos Particulares: Cineastas, Escritores, Músicos…

CAPÍTULO 1
LOS ANTECEDENTES

E
n Alemania, la extrema contundencia de las sanciones impuestas por los ganadores de la Primera Guerra Mundial, condujo a la inestable República de Weimar a crisis constantes. La  agitación social ante la situación de pobreza de amplias masas de población se tradujo en altercados continuos en las calles. Al comenzar la década de los 30s parecía aconsejable un cambio drástico, aunque no se viera claro quién o quienes estaban en condiciones de hacerlo y hacia dónde iba a conducir. Posiblemente, a muchas personas no les importara demasiado que persona o partido asumía la responsabilidad, mientras fuera capaz de facilitarles un empleo digno, mantener a sus familias, educar a sus hijos y llevar, en suma, una vida mejor. Todo ello, dentro de un país que recuperase la moral y con la confianza que genera comprobar que es el conjunto de la población quien experimenta la mejoría, y no sólo la propia persona y su entorno más cercano.


El desconcierto entre la clase política, la empresarial, la trabajadora, la universitaria y, en general, entre la inmensa mayoría de la población, fue aprovechada por Adolf Hitler para conseguir una situación de ventaja y acceder a la Cancillería. En apariencia,  por procedimientos democráticos. En rigor, mediante unas elecciones adulteradas por los violentos actos intimidatorios de sus fuerzas de choque en los meses anteriores a los comicios, la eliminación de numerosos opositores y el amedrentamiento de otros. La maquinaria del Partido Nazi no tuvo ningún tipo de oposición desde el nombramiento de Hitler como Canciller en Enero de 1933. Un mes después, el misterioso incendio del Reichstag (Parlamento) le permitió a Hitler convencer al Presidente von Hindenburg, casi senil y al que restaban escasos meses de vida, para que le concediera amplísimos poderes. Con el fallecimiento de Hindenburg, en Agosto de 1934, empezó de manera oficial el Tercer Reich y Adolf Hitler fue nombrado Führer.

Von Hindenburg Appointing Hitler to Chancellorship
Adolf Hitler estrecha la mano del presidente de la República, Paul von Hindenburg. Detrás, Hermann Göring y a la izquierda, con sombrero de copa, Joseph Goebbels. El anciano mariscal morirá unos meses después y los tres, en columna, que se creen que van a conseguirlo todo, se suicidarán 12 años después. Hitler y Goebbels a punto de finalizar la Segunda Guerra Mundial y Göring, un año después, en la prisión, dos horas antes de ser ejecutado en la horca.

  
Hitler, Hindenberg, and Goering
Adolf Hitler ya es Canciller. Von Hindenburg, muy anciano, se ha tenido que rendir a lo inevitable. Göring planifica sobre la marcha. Detrás, el engranaje nazi, Ejército, Gestapo, SS y SA, lo domina todo, aunque estos últimos tienen los días contados y en cuestión de meses, durante la Noche de los Cuchillos Largos, sus dirigentes y muchos de sus miembros serán asesinados y la organización, desarticulada. Los Dictadores tienen siempre muy claro que, además de a los opositores, se tiene que suprimir a los aliados "molestos".

En unos meses la sorprendente rapidez y la eficacia con la que el Régimen Nazi puso en marcha sus reformas causó admiración y tuvo no pocos seguidores, incluso en los países de mayor raigambre democrática. Fue un cambio espectacular, basado principalmente en gastos en material militar y obra pública, que sacó al país de la desolación, eliminando la sensación de humillación, consecuencia de la derrota, la pérdida de territorios, el empobrecimiento de la población y las enormes compensaciones a los países vencedores, que hacían casi imposible una recuperación económica.

Era muy fuerte el contraste con la situación en los países vencedores –Estados Unidos y Francia, principalmente, e Inglaterra en menor medida-, que pugnaban todavía por salir de la crisis. En los cuatro años transcurridos desde el inicio de la Gran Depresión ninguno de los diferentes gobiernos que se sucedieron se mostró capaz de encontrar la solución adecuada para superarla. 

Una obra monumental: la red de autopistas
El estadio Olímpico

En esos momentos, parecía evidente que los regímenes dictatoriales gobernantes en Italia, Japón y Alemania aplicaban mejores remedios para salir de la crisis. Crearon expectativas favorables y parecía aconsejable utilizar sus métodos. No es de extrañar que se mirase hacia otro lado cuando estos regímenes empezaron a mostrar su verdadera cara en otros apartados, generando, especialmente en la propia Alemania y zonas de influencia, una auténtica y más que justificada preocupación. 

Nazi Book Burning
La otra cara de la moneda: Mayo de 1933. Quema de libros. Pronto serían los seres humanos quienes estarían en peligro y muchos tuvieron que huir para salvar sus vidas.
Rápidamente, la preocupación condujo a la sospecha, y cuando ésta se convirtió en certeza muchas personas dejaron de sentirse seguras. En cuestión de meses el temor se transformó en auténtico pánico, cuando se fueron conociendo las consecuencias para las personas que no estaban de acuerdo con los postulados del Partido Nazi o, simplemente, se mantenían la margen. La gravedad de los acontecimientos provocó la huida de cuantos sintieron que su vida corría un serio peligro, en principio moderada en número, pero creciente conforme pasaban los meses y se iban conociendo los métodos que utilizaba para imponer su poder absoluto sobre personas, instituciones y bienes, aunque un espeso manto de silencio y de miedo las ocultase. Por otra parte, se empezó a hacer evidente que el goteo de anexiones territoriales era sólo el principio de un plan más ambicioso, consentido por las grandes potencias ante el temor al estallido de una nueva conflagración.
La anexión de los Sudetes. Luego, Checoslovaquia entera, mientras los restantes dirigentes europeos, acobardados, dejaban hacer. 


En principio, los fugados se trasladaron a los países limítrofes, pensando que allí estarían seguros. La persecución no sólo les afectaba a ellos individualmente sino que alcanzaba a sus familias, con la pérdida de todo cuanto poseían y su ingreso en campos de internamiento. Algunos pudieron sacar a sus familiares de Alemania y hacerlos llegar al país de acogida pero otros tuvieron que ver como se había convertido en algo imposible. Los países de acogida se hicieron progresivamente inseguros, de forma que Francia e Inglaterra fueron los lugares escogidos para una segunda emigración por parte de aquellos que pensaron en un principio que bastaba con abandonar Alemania para estar a salvo. Los más clarividentes, como Fritz Lang, no tuvieron duda de cuál era el único sitio seguro y su objetivo estuvo en Estados Unidos desde el primer momento. Tenían claro que una nueva guerra era inevitable y no estarían a salvo en ningún país del continente y, posiblemente, ni en Inglaterra. En 1940, con la mayor parte de Francia bajo administración alemana, la huida a América se convirtió en una verdadera odisea para quienes esperaron demasiado.

Fritz lang exiliado en Hollywood, con Marlene Dietrich, emigrante unos años antes. Con ellos Douglas Fairbaks Jr. Lang vió tan claro hacia donde se encaminaba Alemanis de la mano de los Nazis, que nada más entrevistarse con Joseph Goebbels, que le ofreció encargarse de la Cinematografía del país, rechazó la propuesta y salió pitando.