viernes, 30 de noviembre de 2012

AMORES DE CINE


Impactos visuales que provocan deslumbramientos instantáneos y se convierten en fidelidades perpetuas.
Esther Williams - Audrey Hepburn - Janet Leigh

Los Amores de Cine, afortunadamente están al alcance de cualquiera y creo que en este caso sí se puede decir que los hemos experimentado todos (y todas) en algún momento de nuestra infancia o adolescencia. Son como apariciones de la Virgen y pueden haberse producido incluso en Lourdes o Fátima; pero no al aire libre o en una cueva; sino en un cine que puede estar situado en dichos lugares o en otros, como Los Angeles, Barcelona o Hong-kong. 

Estos impactos, además de cogerte desprevenido, te pillan sentado en una butaca, en la que te quedas con el cuerpo casi incrustado, mientras el espíritu flota, inmerso en la nube de encanto que surge de la pantalla, lo envuelve y se apodera de él de por vida. En mis tiempos los enamoramientos tenían una ventajilla suplementaria: se producían en un cine de barrio, con sesión continua y podías quedarte a ver el siguiente pase, aunque tuvieras que irte antes de acabar (por cuestiones de horario familiar). El recorrido por el pasillo hacia la salida, sin dejar de mirar a la pantalla si estaba "ella" , provocaba que chocara con todo lo que encontraba en mi camino. Tenía, sin embargo, una contrapartida muy penosa en ocasiones: al tratarse de sesiones dobles, suponía apechugar con otra película, que según las ocasiones, era un peaje ciertamente duro. El complemento a una película "de Hollywood", solía ser un dramón mejicano, una españolada o una comedia imbécil; aunque hay que reconocer que con los dramones mejicanos se te podían saltar las lágrimas de risa.

Tal como los entiendo, por haberlos experimentado en diversas ocasiones, se diferencian de las admiraciones absolutas o de las idolatrías en varios aspectos: 

Son contemporáneos con la persona objeto del amor, con lo cual se crece y envejece con ella. Las respectivas vidas transcurren por caminos paralelos porque las dos líneas estan separadas por un océano, sea real o ficticio.

El objeto de ese amor tiene edad para ser nuestra hermana mayor o incluso nuestra madre. Es un ser mezcla de realidad y fantasía. Es real su aspecto físico, su capacidad de atracción, ese algo diferente que solos vemos en esa persona y no en otras, quizás superiores en muchos aspectos. Es imaginario, por todo aquello que la hace convertirse en nuestra amiga, musa, consejera y hasta un poco madre o "vecina de al lado" con la que soñamos despiertos.

Son realistas, pues se ve a la persona más como ser humano que como estrella, lo cual excluye el fanatismo o la admiración desaforada. Es decir, si la película es mala, ni siquiera su presencia obnubiladora en la pantalla puede impedir que lo advirtamos. Si es buena, pero ella está fatal, ¡pues qué le vamos a hacer!, también nos damos cuenta. Podemos estar enamorados o ser muy niños, pero el "deslumbramiento"no nos ha vuelto tan imbéciles como para no advertirlo: es un ser humano, no una diosa. Es más, no tenemos edad para análisis más o menos técnicos para depurar responsabilidades. Más tarde, cuando seamos mayores, ya sabremos discernir sobre las causas de que una película no nos guste o nos parezca un proyecto fracasado. Y no habrá encanto personal que nos haga aguantar una mala película por mucho que nos guste una personalidad concreta. 

Están exentos de deseo sexual porque coinciden con una época de la vida en el que no se ha despertado todavía y al hacerlo, si ese amor ha nacido antes, no se verá afectado y, si lo hace, dejará de ser un "amor de Cine". 

Todas las actrices que cito estaban dotadas de "ese no se qué", que atrae de forma irresistible, sin saber ni el cómo ni el porqué. Es una atracción que permite ver sus películas, cualquiera que sea su calidad o interés o por breve que sea su intervención. Aunque lo cierto es que en los casos de mis tres amores sus películas fueron como mínimo entretenidas y, especialmente en el caso de Audrey Hepburn y en menor escala de Janet Leigh, con filmes que han pasado a la Historia del Cine.


Mis amores de Cine, como se puede observar, correspondían al género de las "ingenuas".

  

A los catorce, 
Janet Leigh
"Mi hermana Elena"
("My sister Eileen")

A los siete años, 
Esther Williams, 
nada más verla en 
"Escuela de sirenas" 
("Bathing beauty")


A los doce, 
Audrey Hepburn
"Vacaciones en Roma" 
("Roman holliday")


El deslumbramiento al ver a Janet Leigh por primera vez empezó de forma parecida a los otros, pero luego derivó a otro tipo de amor, sin perder lo esencial del original. Las cosas de la naturaleza... Yo estaba cambiando y esta chica, Janet, aún antes de "Psicosis" o "Sed de mal", atesoraba determinadas cualidades que hacían que además de su rostro, entre pícaro y angelical, hubiesen aspectos concretos de su personalidad; en los que hasta entonces no había reparado de una forma consciente; que a la larga terminaron por crearme cierta confusión... 

Las estrellas despampanantes nunca me enamoraron. Ni siquiera reparaba en ellas más que por lo que eran, actrices de una película.  Más tarde tarde, cuando me hice mayor, reparé en ellas, pero de otra manera y en cualquier caso nunca aparecieron en mis sueños.

Los amores de Cine son compartidos con millones de personas, en actitud contemplativa porque se es consciente de que es utópico: la persona amada está en su pedestal, irradiándonos con su encanto y haciéndonos sentir a gusto, pero nada más. La realidad está a nuestro alrededor, cuando abandonamos la sala. Más tarde, en su momento, nos enamoramos de alguien de carne y hueso, con el "Amor de Cine" convertido en un recuerdo nostálgico y entrañable, lleno de afecto por lo mucho que nos dio.

A cada una de estas maravillosas actrices y notables personalidades dedicaré sucesivos artículos. Empezaré con Audrey, que me "enamoró" a partir de"Vacaciones en Roma".